miércoles, noviembre 08, 2006

Utopía caducada

Nunca, obedeciendo quizás a una fuerte tendencia al escepticismo, durante los gobiernos de Álvaro Uribe, me he hecho ilusiones acerca de una mejoría sustancial de la situación de Colombia, en su conjunto.

Pero no siempre fue así. Cuando empezó su administración Andrés Pastrana, y en aquel principio del año de gracia de 1999 cuando ocurrió el evento de la silla vacía, durante los minutos que precedieron al comienzo de la reunión, sentí que un acto histórico, trascendente, que tendría que ver con el destino de la generación actual y de todas las que habrían de venir después, estaba por ocurrir.

Me imaginaba un proceso donde llegaríamos a través del diálogo y del sano debate, a diagnosticar los elementos estructurales que nos impiden despegar como nación encaminada a un desarrollo equitativo. Suponía que las voluntades de los distintos estratos, poderes, gremios, sectores, fuerzas del país se aunarían para juntos, cada uno desde lo suyo, coordinada y ejemplarmente, al punto de involucrar el concierto de los intereses internacionales, construir la sociedad que queremos.

Esperaba que las Farc depusieran las armas, que devolvieran todos y cada uno de los secuestrados que estaban en su poder, y que desbarataran su máquina de guerra. Sus ejércitos pasarían a ser en ese momento brigadas de campesinos o trabajadores sociales, construyendo planificadamente la tarea del bien común.

Soñé que a su vez, el poder legalmente constituido, encabezaría las reformas que, a mi juicio, resultaban inaplazables para hacer despegar la economía y la justicia social: la reforma agraria, en primer lugar. Esas inmensas extensiones de tierra fértil que aun hoy son inaccesibles, serían asignadas entre quienes ancestralmente han tenido la vocación de explotarla. Paralelamente serían creados estratégicos centros urbanos con toda la infraestructura necesaria de servicios, que serían construidos por las masas de desocupados aspirantes a puesto que engordaban las estadísticas de ese momento. Los solos proyectos de ferrocarriles que comunicarían tales centros urbanos ocuparían miles de manos que pese a su capacidad de trabajo todavía hoy esperan inactivas o se conforman con la informalidad.

Un inmenso plan de educación que empezara por acabar el analfabetismo sería puesto en marcha. Los niños aprenderían simultáneamente a las disciplinas estrictamente académicas, asuntos de la civilidad que para otros pueden resultar elementales: los derechos humanos, no asimilados como románticas parábolas sino como imperiosas necesidades de la convivencia. También aprenderían las nociones ecológicas. Basándonos en un conteo límpido y fiable, preciso y de cierta periodicidad, cuando ya nadie tuviera que esconderse, nuestros estrategas definirían cuáles y en qué cantidades serían las formaciones técnicas indispensables para competir sin desventajas en los mercados internacionales, calculadas a 10, 20, 50 y 100 años.

El compromiso de la comunidad internacional sería absolutamente indispensable. Sería un proyecto piloto en la historia y en el mundo. La droga se legalizaría. Los países industrializados, grandes consumidores, se comprometerían a adelantar censos exactos de usuarios, a ofrecer asistencia terapéutica médico-psicológica a estos, y a distribuir entre ellos las dosis prescritas en cada caso según el grado de adicción, paralelamente al adelantamiento de vastas campañas educacionales que informarían de los riesgos inherentes al uso y al abuso de las sustancias psicotrópicas.

La integración regional se convertiría en algo casi automático. A la par que el grupo de las ocho naciones más poderosas del planeta se vincularan, lo haría también la Unión Europea en su calidad de región, y por supuesto, el rol de los Estados Unidos continuaría siendo primordial. Conseguiríamos, en aras de la justicia, estabilidad arancelaria programada por sector, según las necesidades de consumo de los grandes mercados, después de desmontar en gran parte el régimen de subsidios. Los precios del banano serían asignados por cuotas a sus productores de Centro y Sudamérica. Igual con los del café. Y las frutas. Y las flores. La producción de cereales, leguminosas y otros vegetales necesarios para la alimentación balanceada sería proyectada de antemano. La tecnología que genera valor agregado a la agroindustria sería estimulada. Se preverían excedentes para que mediante trueques favorables a las partes, ayudáramos a aliviar las carencias de las regiones que sufren en mayor medida las inequidades de la riqueza, como pasa con los países del África ecuatorial. La ganadería sólo sería extensiva para el engorde. La industria de los lácteos se haría bajo formas de explotación intensiva, cercanas a los centros urbanos. Se prevería desde ya el desarrollo de renglones como el maderero, partiendo de una intensa reforestación. Se tomaría en cuenta la opinión de los expertos para estimular filones como el del caucho, o los que proporcionaran insumos para la producción de combustibles alternativos, o los que hubiera menester. Se convertiría a ciertas regiones -como la de la Guajira- en laboratorios experimentales para la implementación de fuentes alternativas de energías como la eólica o la solar. La extracción de minerales estaría sujeta a regímenes similares, deteniéndose especialmente en el impacto que la correspondiente actividad ejerciera a largo plazo sobre la naturaleza.

Las fuentes de financiación para tan altas intenciones serían múltiples. Nacionales e internacionales. En primer término, las sumas que se invierten en los planes de lucha contra el narcotráfico se dirigirían en su totalidad a estos destinos. También se podría prescindir de las fuerzas armadas como tales. El ejército se haría casi innecesario. Una fuerza de policía de inspiración civilista alcanzaría para mantener el orden. No habría expropiaciones. Se pactaría con las organizaciones que se han lucrado con el narcotráfico, una amnistía que les permitiera conservar todos sus bienes productivos. Sus empresas de bienes y servicios, bienes muebles e inmuebles, continuarían siendo de su propiedad, a cambio, eso sí, de entregar al estado todo el capital líquido con el que contaran. Saldo en bancos, papeles, efectivo y demás. Se establecerían asesorías que garantizaran la supervivencia de sus negocios con balances sanos.

La banca multilateral se encargaría de una porción sustancial de la financiación de tal experimento. Créditos muelles con amplios períodos de gracia serían otorgados. Sería como un Plan Marshal concebido bajo la idea de aumentar el tamaño y el vigor de los mercados engrandeciendo el número de consumidores. Por supuesto, todo esto supondría la existencia de un ente parecido a las Naciones Unidas, pero potenciado, donde el criterio de lo justo primara y donde no tendrían cabida los actos unilaterales de gobiernos de vaqueros alevosos.

Ese fue, en esencia, el sueño que tuve cuando la ilusión de los diálogos de paz que adelantó el Presidente Pastrana.

Evidentemente, todo se fue al traste con el comportamiento de las Farc que demostraron, sin ninguna duda, su desinterés en integrarse a la sociedad civil. No probaron, como dicen algunos analistas, que ambicionan "el poder", sino que, según mi parecer, están supremamente satisfechos con la porción que de éste detentan. Y es entendible, ya que, como están las cosas, sus cuotas de poder son enormes. Sus cuadros dirigentes son cuasi todopoderosos en sus dominios. Concentran para sí en sus áreas de influencia, las potestades de las tres ramas: legislan, juzgan y ejecutan. Emperadores mestizos, sacerdotes de rituales sangrientos, oficiantes de la liturgia de la guerra. Ricos, engordan pacientemente sus vicios. Beben sin cuenta las mieles que con minucia razas rubias industriosas extraen de los cereales cultivados en las estepas de Finlandia, Rusia o Escocia. Entre las doncellas escogen las mejores. ¿A cuenta de qué cambiar sino fuera para mejorar?

Por tales razones aseguro que mientras el problema del narcotráfico siga nutriendo los aparatos de guerra, los aparatos de guerra sigan alimentándose de los resentidos o de los desocupados, los resentidos continúen cosechando razones para su ira y hojas de coca para las alegrías de vértigo de los decadentes del norte, en esa espiral demencial, pocas posibilidades habrá de reintegrar a los subversivos a la vida civil. Y por las malas, está por verse.

lunes, febrero 27, 2006



El problema de la droga. III

Estado actual de las cosas

Corría el año 94 del siglo pasado cuando algún medio periodístico informó de la existencia de unos casetes de audio con unas grabaciones donde unos personajes hablaban de la entrega de un dinero a la campaña presidencial que había resultado ganadora en las anteriores elecciones, la del Dr. Ernesto Samper Pizano, quien se enfrentó al Dr. Andrés Pastrana Arango, hijo del ex-presidente Misael Pastrana Borrero. Los llamados narco-casetes fueron el comienzo del decisivo proceso 8000, litigio que alcanzó a la máxima autoridad nacional, el presidente investido, al comprobarse que las voces correspondían a la del periodista Alberto Giraldo y a las de los capos del Cartel de Cali, los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela.

Adornado de una inmensidad de detalles más apropiados de la novela negra o de las sagas de Mario Puzo, el acontecimiento dejó a los más altos funcionarios del estado, el presidente y sus ministros más cercanos, el de Defensa, Fernando Botero Zea, hijo del conocido pintor; el de Interior, político en ejercicio y actual precandidato a la presidencia, Horacio Serpa Uribe; Santiago Medina, tesorero de la campaña; Manuel Francisco Becerra B. y su sucesor, David Turbay Turbay, Contralores Nacionales de la República de Colombia; oscuros personajes como Elizabeth Montoya de Sarria, “la Monita Retrechera”; una vasta proporción de los miembros del Congreso de la República y otras muchas personas influyentes de la época, fueron puestos en evidencia al salir a flote sus vínculos con el susodicho cartel, cuando se demostró que recibieron “dineros calientes”. Era la parte visible de una sociedad que desde sus cuadros superiores, hasta el ciudadano corriente, queriéndolo o no, vivía bajo esa influencia.

La justicia fue burlada. Pese a las evidencias, sólo fueron castigados unos cuantos de entre ellos. Los más notables fueron exonerados mediante triquiñuelas y subterfugios en un largo pleito que desgastó la estructura económica y la paciencia de la ciudadanía, que fue obligada a mirarse en un espejo y verse llena de oprobios, víctima de su propio invento, ruin y arruinada, vergonzosa y vergonzante, de repente convertida en paria, como quien se levanta foto-fóbico, amnésico, tembleque, la garganta hinchada y reseca, con la cabeza a punto de explotar, en medio de una resaca monumental de mezcla de menjurjes blancos y amarillos ingeridos en malas compañías, así se sintió el país.

La economía se hundió. Se presentaron crisis profundas en amplios campos de la producción, sobre todo en los más penetrados por los capitales ilícitos, salvo el sector financiero, que a pesar de tener gran parte de la responsabilidad, estaba sobre seguro con sus tradicionales márgenes de utilidad y blindado con la garantía de que los más altos intereses a escala global, no lo dejarían sucumbir. La banca se comprometió a mayores controles imponiendo algunos requisitos extras a partir de ciertos topes mínimos en sus movimientos. Nada más. Hubo éxodo de capitales. Luego, se incrementó la diáspora de nacionales que se diseminó por el mundo, llevando sus virtudes y defectos por los cinco continentes.

Pero el tráfico de drogas siguió. ¿A dónde se va la plata del narcotráfico? -me preguntaba un amigo avezado. No sabía qué responderle. Ahora ya sé. Se iba para la guerra. Sofisticados sistemas de comunicación; metros y metros de tela de camuflados; botas nuevas; banderas, banderines y banderolas tricolores; escudos; accesorios de cuero; boinas, cachuchas y gorros de diferentes modelos y diseños; armas, muchas armas con sus respectivas municiones, las más modernas y letales del mercado, las producidas por industrias florecientes del primer mundo, palitos chinos, fusiles, rockets, bazookas, tanto, que alcanzó hasta para desarrollar el talento propio: los fatales cilindros, prueba ruidosa y dañina del ingenio nacional. En eso se iban (y todavía, en gran parte, se van) los beneficios de la producción y el comercio de la coca. Y en la nómina de algo más de 40.000 empleos directos. También en ahorros protegidos por el sigilo bancario internacional.

Acabado el período de Samper que se concentró en no dejarse “sacar a sombrerazos” (“Aquí estoy y aquí me quedo…”), vivimos el cuatrienio de Pastrana, elegido en parte por la conciencia moral, por el sentimiento colectivo de culpa o por el físico rechazo a la opción que representaba Serpa. Fueron años que bascularon entre la fe de una solución posible a la guerra contra las FARC y la desilusión y la afrenta de verse por ellos burlados, engañados cual ingenuos infantes. El país se enteró de la existencia de una máquina de destrucción inclemente, de su ingente poderío, de una sólida estructura piramidal conformada por unos tipos caracterizados por el resentimiento y el cinismo. Supimos de sus pronunciadas barrigas y de sus amantes jovencitas, de su más absoluta carencia de piedad y clemencia, de su soberbia enorme y de la más grande desfachatez posible.

Final contra-reloj, avance significativo en el esquivo proceso de paz versus final del período. Perdedor: Colombia. El país se sintió ultrajado, herido en su amor propio por la mofa. Entonces nos volcamos hacia aquel que nos ofreció venganza. Mano dura. Nos representaba en nuestra ira. Como espuma subió Álvaro Uribe en las encuestas. Arrasó en primera vuelta. Dejamos en manos de un energúmeno el ajuste de cuentas. Ingenuos otra vez. Uribe llegó mal intencionado y peor rodeado. Ganamos un cruel gamonal para la gigante hacienda Colombia. De temible actitud mesiánica e ira que transfigura. Astuto. A sus enemigos los aunó a sus huestes, resultó implacable con los díscolos. Impuso gruesas ventajas para sus allegados a cambio de espejismos. Verdaderamente mañoso. Va a conseguir doblar período. Expidió patente de corso al paramilitarismo, la otra fuerza irregular. Si la guerrilla es un cáncer de lenta metástasis que no se cura pero tampoco mata, el fenómeno paramilitar es una rápida gangrena que ataca ambas extremidades.

Matones ensoberbecidos con las manos manchadas de sangre de miles de muertos. Ignorantes por completo del significado del escrúpulo. Parecen no tener conciencia, ni ética ni moral. Asesinos sin atenuantes posibles. Auténticos criminales de guerra sin justificación alguna. Más que delincuentes. Peores. Último eslabón en la cadena humana de la estulticia. Tanto o más que los del otro bando. Los discursos que intentan vanamente justificarlos, se vuelven contra quien los emite. Terribles ellos, sus turiferarios y sus instigadores.

Envueltos en esa situación nos encontramos. Fuerzas beligerantes poderosas. Una industria ilegal de altísima rentabilidad y enorme poder de corrupción. El interés público supeditado al interés grupal. Instituciones válidas exclusivamente en teoría. Una idiosincrasia cada vez más aferrada que considera legítimo cualquier método, hasta el más extremo, si contribuye a la supervivencia o favorece nuestros intereses. Males estructurales que nos definen como una nación sumida en el más craso subdesarrollo. Y, como si fuera poco, hechos que nos condenan a permanecer en él.

Lo demás son números. Millones de desplazados. Agudización de la brecha entre ricos y pobres. Acaparamiento de los medios de producción. Bajos (e imprecisos) índices de cobertura de servicios esenciales. En fin, no soy optimista. No tengo por qué ser optimista.

domingo, febrero 12, 2006



El problema de la droga. II

Los carteles

Al aumentar el volumen del negocio en términos de ventas y beneficios, paralelamente se fue dando la especialización. Hubo quienes sembraban las matas, ya no tan lejos sino en el territorio nacional, donde también -como en los países del Sur- la coca está en la raíz de lo ancestral. Los cocineros aprendieron a refinar mayores cantidades, como hongos empezaron a retoñar laboratorios o “cocinas” con cientos de hornos simultáneos y plantas eléctricas propias en medio de las selvas, vorágines modernas. Transportistas eficientes eran capaces de llevar lo producido hasta pistas aéreas clandestinas o hasta bahías donde fondeaban lanchas rápidas, que al mando de intrépidos pilotos venidos en gran parte ya fuera de la fumigación aérea o de la ya acabada guerra de Vietnam, o por lobos de mar con experiencia en la pesca de arrastre, para que por aire o por mar entregaran la sustancia cerca de sus puntos de destino, luego de escalas donde las organizaciones instalaron subsidiarias. Centro América y las islas del Caribe fueron enclaves intermedios de dichas cadenas.

El grueso de la madeja estaba allá, arriba, en los Estados Unidos o en Europa. Allí vivían quienes recibían la mercancía, la guardaban, la repartían en cadenas piramidales de progresión geométrica de dos vías: va el psicotrópico desde la mata hasta las fosas nasales de blancos entregados al vicio, viene el todopoderoso, verde y corruptor billete de US $ 20, en tantas cantidades que llegaba al punto inverosímil de relato macondiano de no poder ser contado sino pesado, pudriendo a su paso tabiques y conciencias en una danza macabra que dura hasta hoy.

Si bien al principio los que usufructuaban de las ganancias de dicho tráfico no tenían una extracción socio-económica definida, todos adoptaban un estilo común, haciéndose notar por su extravagancia y desmesura. Emporios que llenaban al espectador de algo parecido a la admiración, o al asombro, o a la física envidia, se empezaron a notar en distintos puntos de nuestra geografía. Notable fue el caso de La Posada Alemana, entre Armenia y Pereira, un hostal de especificaciones únicas que volvió real, de carne y hueso, un estilo de vida que a la mayoría de nosotros nos estaba permitido ver exclusivamente en revistas. Rubias despampanantes y carreras de moto-cross, caravanas interminables y bendiciones obispales, ¿quién podía oponerse?

De ahí salió uno de los primeros entronques directos del tráfico de drogas con la política. A mediados de los años ochenta el Movimiento Latino Nacional de Carlos Lehder R. contó con más de 12000 votos, logrando varios escaños en el Consejo Municipal y dos en la Asamblea Departamental, venciendo a su oponente de entonces, la corriente de Luis Carlos Galán S., que apenas alcanzó 8000 votos. En Medellín, cuantiosísimas inversiones adoptaron la forma de obras sociales, barrios enteros e instalaciones deportivas fueron construidos con las enormes utilidades del lucrativo negocio. Apoyado en esa labor y haciendo parte de unas listas del Partido Liberal llegó al Congreso de la República el después archiconocido Pablo Escobar Gaviria, cabeza visible de una organización que generaciones enteras de nuestra quebradiza memoria calificarían como de horror y espanto. Mientras, en Cali, unos hermanos de mayor visión y sagacidad edificaban un emporio de empresas dedicadas al sector farmacéutico o alimenticio, expandiendo su prosperidad a todas las clases sociales, alterando para siempre una interpretación de la existencia que estaba apenas en formación.

Aquella liviandad y alegría de camisas floreadas, festejos interminables a ritmo de aditivos, gruesas cadenas de oro y Mercedes Benz del año, copia bizarra de Miami en El Poblado y El Laguito, en Cali y Barranquilla, orgía de ferias y cabalgatas, fiestas y carnavales, vallenatos con dedicatoria y salsa de Juanchito ¿oís?, no eran para siempre. En el 84 mataron a Lara Bonilla.

La ética delincuencial que no podía recurrir al juez, sino que “te doy esto, mírame a los ojos, me respondes, y si no, entonces, paila”, decidió otorgar el poder a la línea dura, a aquel que menos escrúpulos tuviera. No se dejaban de nadie. A todo se imponían, por las vías del halago millonario o de la amenaza cumplida. La última ola moral que ciertos hombres encarnaron, resultó perdedora y sacrificada en esa confrontación. Hubo una reacción general expresada en marchas multitudinarias durante los sepelios o en dolidos editoriales de prensa, pero los acontecimientos posteriores probaron que no eran más que actos de cartón piedra, falsos como una moneda de fórmica de treinta y siete centavos, ídolos con pies de mala arcilla, exclamaciones de dientes para afuera y alma de hetera.

Rodrigo Lara Bonilla, Carlos Mauro Hoyos, Enrique Low Murtra, Luis Carlos Galán Sarmiento, Guillermo Cano y otros, murieron dados de baja por los zarpazos fatales del engendro que se oponía a la figura de la extradición. Consolidados los carteles de Medellín y Cali se contaminó la economía del país. Numerosos e importantes sectores de la producción estaban penetrados por el virus. La construcción, las finanzas, el comercio, estaban como locos en una espiral delirante que no se sabía en qué ni cómo iban a parar. Se registró una inflación por encima del 20% anual durante lustros. La moral fue una dama asustadiza e inerme ante el poder erguido de la guacherna encharolada. Por supuesto, semejante desbordamiento se filtró hasta los niveles más altos de la política.

Después de una larga cadena de episodios de terror y vergüenza, de traiciones y persecuciones, de alianzas y pactos siniestros, de bombas y catedrales, de las que nadie quiere acordarse, explotó el proceso 8000.

Próxima y última entrega: El problema de la droga. III. Estado actual de las cosas.

martes, enero 31, 2006

El problema de la droga. I

Memoria

Por la confluencia de una serie de factores, nos tocó en suerte a los colombianos ser epicentro de una de las industrias más perversas que conoce el mundo contemporáneo. Se ha dicho que por tener unas coordenadas geográficas tan estratégicas, por la inmensidad de sus costas llenas de secretas bahías y por sus imponentes cordilleras casi vírgenes prestas para la gesta colonizadora. También aseguran que fue decisivo el talante recursivo de sus gentes habituadas a validar como legítimo cualquier medio útil para la supervivencia. Dicen que otra razón de peso fue la casi nula posibilidad de alcance de la acción institucional, que al menos en el caso de la Justicia, está bellamente diseñada pero que en la práctica resulta poco operacional.

El caso es que por allá durante los años sesenta y setenta en los Estados Unidos se vivió una serie de movimientos sociales y políticos que impulsaron entre la juventud de esa época el consumo de drogas como un estilo de vida. La mariguana, la cocaína, la heroína, varias drogas químicas (LSD, anfetaminas, etcétera) pasaron a ser de uso frecuente entre una inmensa población de actitud contestataria o de moral quebrada. Localmente solo se producían las substancias químicas, las otras había que importarlas, convirtiéndose en productos de gran demanda en el mercado, con ventas anuales cuantiosísimas y astronómicos beneficios.

La coca se producía en Bolivia y Perú. La Mariguana en la Sierra Nevada de Santa Marta. Fue al pie de esta donde se vivió la primera bonanza proveniente de este cultivo ilícito. Se sembraba en las estribaciones y se sacaba por los numerosos puertos que en la Guajira y en el Magdalena se han usado ancestralmente para el contrabando de productos que no viene al caso nombrar, pero que desdee hace mucho tiempo han formado parte de la economía de la región. Existía una cultura cuyos hábitos eran los adecuados y sus condiciones geográficas las ideales para hacer que la explotación del sector se desarrollara sin contratiempos.

La bonanza marimbera tuvo tal impacto en la región, que las anécdotas generadas, los personajes que la vivieron y los que por ella murieron, forman hoy una esfera mítica en la memoria de los nativos. Hay huellas impresas en todas las manifestaciones de la vida regional. Influyó en lo económico, en lo social y en lo cultural. Alteró la moral, trastornó las costumbres, hasta impuso una estética que todavía se puede verificar en los numerosos pueblos y ciudades que fueron tocados por dicha actividad, detectables sin usar siquiera un ojo aguzado. Llegó para quedarse, fiebre del oro aquí y ahora, no en montañas de historietas ni películas con subtítulos, sino a la vuelta de la esquina, con Chucho y Pancho, Jacinto y José, nuestros amigos de toda la vida.

Cuando se empezó a producir mariguana en otros lugares, de mejor calidad y más barata, la industria no se acabó. Se transformó. Aprovechando su infraestructura, el negocio se diversificó. Aparecieron los primeros “cocineros” que de modo empírico aprendieron a procesar la base de coca que venía del sur, muchas veces por vía fluvial hasta Leticia o escondida dentro del equipaje de viajeros que llegaban por aire o por tierra, el futuro puesto en las manos del azar. El fenómeno se extendió por todo el territorio nacional. Las afueras de las ciudades grandes fueron escogidas para procesar la sustancia, que era enviada a los Estados Unidos por intermedio de "mulas", correos humanos que con tenebrosos o ingeniosísimos sistemas de escondite lograban introducirla. Aunque solo fueran pequeñas cantidades, una vez llegaban a su destino, representaban un dineral gigante. Quien lograba "coronar" 700 u 800 gramos en Miami, se volvía rico. US $50.000 pagaban por el kilo en el año 80.

En cada tres manzanas de cada ciudad había una familia que de un momento a otro cambiaba su status económico. Compraban carros. Usaban ropa gringa. Viajaban. Gastaban. Eran los reyes de la rumba. Las discotecas eran los nuevos templos. Ya eran típicas las Rangers y los Magnums en la costa. Ya había funcionado la ventanilla siniestra, mecanismo establecido por el gobierno de López Michelsen para legalizar dólares sin importar su procedencia, aprovechando otra bonanza, la del café, que había alcanzado precios sin precedentes en el mercado internacional. Una anécdota: hasta el año 75 en Cartagena se estilaba que durante la Semana Santa las emisoras solo pusieran música sacra o clásica, o por lo menos, aquella que llamaban “estilizada”. En la del año 76 la discoteca La Caja de Pandora se atrevió por primera vez en la historia de la ciudad a abrir sus puertas durante esos días al numeroso turismo, que abarrotó sus salas bailando salsa, chucu-chucu o el último ritmo importado de las “yunais”, el “bump”, que era golpeándose las caderas al ritmo de “Fly, Robin Fly”. Los baños se congestionaban con personajes de las crónicas sociales que formaban grupos eufóricos donde todos hablaban al tiempo. Jóvenes, felices, y por añadidura, riquísimos.

Próxima entrega: El problema de la droga. II. Los carteles.

jueves, enero 26, 2006

Diagnóstico

De naturaleza pesimista, dotado de olfato potente para descubrir el lugar exacto de las alcantarillas, carente de la relajación que permite desconocer las angustias y absolutamente desprovisto del sentido de la felicidad, no puedo más que concluir que las circunstancias que componen el fenómeno de la coyuntura histórica que atraviesa Colombia, nos garantizan 40 ó 50 años más de conflicto.

Son varios los elementos de índole estructural o idiosincrásica que en vez de generarme esperanzas por el futuro, lo complican y retuercen o, en el mejor de los casos, prolongan un estado de cosas. Estos elementos son:

La política de control al narcotráfico, en primer lugar. Es de todos conocido que la tendencia universal, de modo general, apunta a la restricción. Hasta el consumo de tabaco es en la actualidad objeto de persecución, de paulatinas y mayores limitaciones. Consecuentemente, más alejada de la legalización estará la legislación que atañe al consumo y distribución de las drogas que en nuestro medio son explotadas. Siendo un hecho evidente, deberíamos pensar en algo que pudiera resultar eficaz, que nos liberara del peso moral, económico y social que la explotación de dicho sector implica, es decir, idearnos una alternativa intermedia.

Otro de los elementos, que a algunos les parecerá algo pasado de moda, propio de la “izquierda infantil”, pero que desgraciadamente es real, es el de la tenencia de la tierra. Si esta queda distribuida tal como está ahora, ténganlo por seguro que podrá ser explotada, tendrá un cierto margen de rentabilidad, pero garantizará, entre otros males, que el campo no sea fuente de trabajo sino para unos pocos, sometidos a unas condiciones de inequidad iguales o mayores que las actuales, y que obligarán a las ciudades a seguir abarrotándose de cinturones de miseria en un grado aun mayor del que están ahora.

El tercer gran mal estructural del que estamos siendo testigos impávidos, es el del desprestigio al que se somete la justicia. No al aparato judicial. No al compendio de normas contenida en los códigos y cartas magnas. No solo a ellas, las leyes. Digo al subconsciente colectivo que hoy más que nunca, siendo el nuestro un pueblo que por idiosincrasia ha actuado como si tal, creerá que el mal paga. Que el bandido siempre sale ganando. Que los avivatos coronan. Que el vivo vive del bobo y todas las infinitas variantes que entre nosotros expresan ese modo de pensar y, lo que es más triste, de actuar.

¿Estoy equivocado? Dígame alguien, ¿se puede esperar otro devenir? ¿Tengo de qué alegrarme?

jueves, enero 19, 2006

Manifiesto

Antes que nada, aprovecharé este espacio incierto para hacer una declaración de compromiso conmigo mismo, que a la vez es de conocimiento público. Es un manifiesto. Una enunciación que intentaré cumplir sin estar seguro de sus garantías.

- No hay matrícula en ningún movimiento.

Pese a la certeza de que serán acogidas numerosas ideas expuestas por otros, proclamo la independencia total frente a ellas, fragmentariamente o en su conjunto. Ratifico el derecho (he tratado de recordar a quién se lo oí postular como otro de los Derechos Humanos) de contradecirme.

Quiero decir que no hay obediencia debida. Solo respondo ante mi criterio. Me libero de la sujeción a los poderes eclesiásticos, estatales, militares, civiles o académicos que contravengan los de mi propio sentido común.

Estos serán acordes a los de un buen ciudadano, un buen miembro de familia, a los de un hombre justo.

Exijo mi derecho al error. Concedo merced al vencido. Venga, apreciado lector, polemicemos.

lunes, enero 16, 2006

Comienzo

Me pregunto :

¿Ingenuo ?

¡Qué le vamos a hacer, moriré así!

¿Inútil?

Es lo más probable.

¿Cuál es el sentido?

Hablar, me imagino. Poder decir vainas, en rolo sería “echar vainazos”.

¿Por qué no?

¡Ahí vamos, nos lanzamos!