martes, enero 31, 2006

El problema de la droga. I

Memoria

Por la confluencia de una serie de factores, nos tocó en suerte a los colombianos ser epicentro de una de las industrias más perversas que conoce el mundo contemporáneo. Se ha dicho que por tener unas coordenadas geográficas tan estratégicas, por la inmensidad de sus costas llenas de secretas bahías y por sus imponentes cordilleras casi vírgenes prestas para la gesta colonizadora. También aseguran que fue decisivo el talante recursivo de sus gentes habituadas a validar como legítimo cualquier medio útil para la supervivencia. Dicen que otra razón de peso fue la casi nula posibilidad de alcance de la acción institucional, que al menos en el caso de la Justicia, está bellamente diseñada pero que en la práctica resulta poco operacional.

El caso es que por allá durante los años sesenta y setenta en los Estados Unidos se vivió una serie de movimientos sociales y políticos que impulsaron entre la juventud de esa época el consumo de drogas como un estilo de vida. La mariguana, la cocaína, la heroína, varias drogas químicas (LSD, anfetaminas, etcétera) pasaron a ser de uso frecuente entre una inmensa población de actitud contestataria o de moral quebrada. Localmente solo se producían las substancias químicas, las otras había que importarlas, convirtiéndose en productos de gran demanda en el mercado, con ventas anuales cuantiosísimas y astronómicos beneficios.

La coca se producía en Bolivia y Perú. La Mariguana en la Sierra Nevada de Santa Marta. Fue al pie de esta donde se vivió la primera bonanza proveniente de este cultivo ilícito. Se sembraba en las estribaciones y se sacaba por los numerosos puertos que en la Guajira y en el Magdalena se han usado ancestralmente para el contrabando de productos que no viene al caso nombrar, pero que desdee hace mucho tiempo han formado parte de la economía de la región. Existía una cultura cuyos hábitos eran los adecuados y sus condiciones geográficas las ideales para hacer que la explotación del sector se desarrollara sin contratiempos.

La bonanza marimbera tuvo tal impacto en la región, que las anécdotas generadas, los personajes que la vivieron y los que por ella murieron, forman hoy una esfera mítica en la memoria de los nativos. Hay huellas impresas en todas las manifestaciones de la vida regional. Influyó en lo económico, en lo social y en lo cultural. Alteró la moral, trastornó las costumbres, hasta impuso una estética que todavía se puede verificar en los numerosos pueblos y ciudades que fueron tocados por dicha actividad, detectables sin usar siquiera un ojo aguzado. Llegó para quedarse, fiebre del oro aquí y ahora, no en montañas de historietas ni películas con subtítulos, sino a la vuelta de la esquina, con Chucho y Pancho, Jacinto y José, nuestros amigos de toda la vida.

Cuando se empezó a producir mariguana en otros lugares, de mejor calidad y más barata, la industria no se acabó. Se transformó. Aprovechando su infraestructura, el negocio se diversificó. Aparecieron los primeros “cocineros” que de modo empírico aprendieron a procesar la base de coca que venía del sur, muchas veces por vía fluvial hasta Leticia o escondida dentro del equipaje de viajeros que llegaban por aire o por tierra, el futuro puesto en las manos del azar. El fenómeno se extendió por todo el territorio nacional. Las afueras de las ciudades grandes fueron escogidas para procesar la sustancia, que era enviada a los Estados Unidos por intermedio de "mulas", correos humanos que con tenebrosos o ingeniosísimos sistemas de escondite lograban introducirla. Aunque solo fueran pequeñas cantidades, una vez llegaban a su destino, representaban un dineral gigante. Quien lograba "coronar" 700 u 800 gramos en Miami, se volvía rico. US $50.000 pagaban por el kilo en el año 80.

En cada tres manzanas de cada ciudad había una familia que de un momento a otro cambiaba su status económico. Compraban carros. Usaban ropa gringa. Viajaban. Gastaban. Eran los reyes de la rumba. Las discotecas eran los nuevos templos. Ya eran típicas las Rangers y los Magnums en la costa. Ya había funcionado la ventanilla siniestra, mecanismo establecido por el gobierno de López Michelsen para legalizar dólares sin importar su procedencia, aprovechando otra bonanza, la del café, que había alcanzado precios sin precedentes en el mercado internacional. Una anécdota: hasta el año 75 en Cartagena se estilaba que durante la Semana Santa las emisoras solo pusieran música sacra o clásica, o por lo menos, aquella que llamaban “estilizada”. En la del año 76 la discoteca La Caja de Pandora se atrevió por primera vez en la historia de la ciudad a abrir sus puertas durante esos días al numeroso turismo, que abarrotó sus salas bailando salsa, chucu-chucu o el último ritmo importado de las “yunais”, el “bump”, que era golpeándose las caderas al ritmo de “Fly, Robin Fly”. Los baños se congestionaban con personajes de las crónicas sociales que formaban grupos eufóricos donde todos hablaban al tiempo. Jóvenes, felices, y por añadidura, riquísimos.

Próxima entrega: El problema de la droga. II. Los carteles.

5 Comentarios:

Anonymous Anónimo dice...

¿Te volviste loco, Wilfrido?

febrero 09, 2006 8:40 AM  
Blogger Adán dice...

¿Cómo así? ¿Qué tiene de loco, dígame usted?

febrero 10, 2006 3:24 AM  
Blogger Edgar Garcés dice...

interesante analisis amigo will, e instructivo para aquellos que en ese entonces tal vez nos la pasamos en el tren del embale y no nos pillamos la nota desde esa estacion,,,seguiré la saga, cuidate y escribe.

febrero 11, 2006 10:41 AM  
Blogger Cerebro dice...

TOdo lo que por acá se puede aprender... Gracias Wilfrido!!

mayo 19, 2006 5:16 PM  
Blogger Sudaka Colombo - Español dice...

¿"chucu-chucu"?

¿Algo en contra de este laudable ritmo? Una cosa es que no te guste. Pero otra bien distinta es subestimarlo.

Todo esto lo digo en el supuesto de que te refieras al vallenato.

agosto 26, 2006 8:10 AM  

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