El problema de la droga. II
Los carteles
Al aumentar el volumen del negocio en términos de ventas y beneficios, paralelamente se fue dando la especialización. Hubo quienes sembraban las matas, ya no tan lejos sino en el territorio nacional, donde también -como en los países del Sur- la coca está en la raíz de lo ancestral. Los cocineros aprendieron a refinar mayores cantidades, como hongos empezaron a retoñar laboratorios o “cocinas” con cientos de hornos simultáneos y plantas eléctricas propias en medio de las selvas, vorágines modernas. Transportistas eficientes eran capaces de llevar lo producido hasta pistas aéreas clandestinas o hasta bahías donde fondeaban lanchas rápidas, que al mando de intrépidos pilotos venidos en gran parte ya fuera de la fumigación aérea o de la ya acabada guerra de Vietnam, o por lobos de mar con experiencia en la pesca de arrastre, para que por aire o por mar entregaran la sustancia cerca de sus puntos de destino, luego de escalas donde las organizaciones instalaron subsidiarias. Centro América y las islas del Caribe fueron enclaves intermedios de dichas cadenas.
El grueso de la madeja estaba allá, arriba, en los Estados Unidos o en Europa. Allí vivían quienes recibían la mercancía, la guardaban, la repartían en cadenas piramidales de progresión geométrica de dos vías: va el psicotrópico desde la mata hasta las fosas nasales de blancos entregados al vicio, viene el todopoderoso, verde y corruptor billete de US $ 20, en tantas cantidades que llegaba al punto inverosímil de relato macondiano de no poder ser contado sino pesado, pudriendo a su paso tabiques y conciencias en una danza macabra que dura hasta hoy.
Si bien al principio los que usufructuaban de las ganancias de dicho tráfico no tenían una extracción socio-económica definida, todos adoptaban un estilo común, haciéndose notar por su extravagancia y desmesura. Emporios que llenaban al espectador de algo parecido a la admiración, o al asombro, o a la física envidia, se empezaron a notar en distintos puntos de nuestra geografía. Notable fue el caso de La Posada Alemana, entre Armenia y Pereira, un hostal de especificaciones únicas que volvió real, de carne y hueso, un estilo de vida que a la mayoría de nosotros nos estaba permitido ver exclusivamente en revistas. Rubias despampanantes y carreras de moto-cross, caravanas interminables y bendiciones obispales, ¿quién podía oponerse?
De ahí salió uno de los primeros entronques directos del tráfico de drogas con la política. A mediados de los años ochenta el Movimiento Latino Nacional de Carlos Lehder R. contó con más de 12000 votos, logrando varios escaños en el Consejo Municipal y dos en la Asamblea Departamental, venciendo a su oponente de entonces, la corriente de Luis Carlos Galán S., que apenas alcanzó 8000 votos. En Medellín, cuantiosísimas inversiones adoptaron la forma de obras sociales, barrios enteros e instalaciones deportivas fueron construidos con las enormes utilidades del lucrativo negocio. Apoyado en esa labor y haciendo parte de unas listas del Partido Liberal llegó al Congreso de la República el después archiconocido Pablo Escobar Gaviria, cabeza visible de una organización que generaciones enteras de nuestra quebradiza memoria calificarían como de horror y espanto. Mientras, en Cali, unos hermanos de mayor visión y sagacidad edificaban un emporio de empresas dedicadas al sector farmacéutico o alimenticio, expandiendo su prosperidad a todas las clases sociales, alterando para siempre una interpretación de la existencia que estaba apenas en formación.
Aquella liviandad y alegría de camisas floreadas, festejos interminables a ritmo de aditivos, gruesas cadenas de oro y Mercedes Benz del año, copia bizarra de Miami en El Poblado y El Laguito, en Cali y Barranquilla, orgía de ferias y cabalgatas, fiestas y carnavales, vallenatos con dedicatoria y salsa de Juanchito ¿oís?, no eran para siempre. En el 84 mataron a Lara Bonilla.
La ética delincuencial que no podía recurrir al juez, sino que “te doy esto, mírame a los ojos, me respondes, y si no, entonces, paila”, decidió otorgar el poder a la línea dura, a aquel que menos escrúpulos tuviera. No se dejaban de nadie. A todo se imponían, por las vías del halago millonario o de la amenaza cumplida. La última ola moral que ciertos hombres encarnaron, resultó perdedora y sacrificada en esa confrontación. Hubo una reacción general expresada en marchas multitudinarias durante los sepelios o en dolidos editoriales de prensa, pero los acontecimientos posteriores probaron que no eran más que actos de cartón piedra, falsos como una moneda de fórmica de treinta y siete centavos, ídolos con pies de mala arcilla, exclamaciones de dientes para afuera y alma de hetera.
Rodrigo Lara Bonilla, Carlos Mauro Hoyos, Enrique Low Murtra, Luis Carlos Galán Sarmiento, Guillermo Cano y otros, murieron dados de baja por los zarpazos fatales del engendro que se oponía a la figura de la extradición. Consolidados los carteles de Medellín y Cali se contaminó la economía del país. Numerosos e importantes sectores de la producción estaban penetrados por el virus. La construcción, las finanzas, el comercio, estaban como locos en una espiral delirante que no se sabía en qué ni cómo iban a parar. Se registró una inflación por encima del 20% anual durante lustros. La moral fue una dama asustadiza e inerme ante el poder erguido de la guacherna encharolada. Por supuesto, semejante desbordamiento se filtró hasta los niveles más altos de la política.
Después de una larga cadena de episodios de terror y vergüenza, de traiciones y persecuciones, de alianzas y pactos siniestros, de bombas y catedrales, de las que nadie quiere acordarse, explotó el proceso 8000.
Próxima y última entrega: El problema de la droga. III. Estado actual de las cosas.
Al aumentar el volumen del negocio en términos de ventas y beneficios, paralelamente se fue dando la especialización. Hubo quienes sembraban las matas, ya no tan lejos sino en el territorio nacional, donde también -como en los países del Sur- la coca está en la raíz de lo ancestral. Los cocineros aprendieron a refinar mayores cantidades, como hongos empezaron a retoñar laboratorios o “cocinas” con cientos de hornos simultáneos y plantas eléctricas propias en medio de las selvas, vorágines modernas. Transportistas eficientes eran capaces de llevar lo producido hasta pistas aéreas clandestinas o hasta bahías donde fondeaban lanchas rápidas, que al mando de intrépidos pilotos venidos en gran parte ya fuera de la fumigación aérea o de la ya acabada guerra de Vietnam, o por lobos de mar con experiencia en la pesca de arrastre, para que por aire o por mar entregaran la sustancia cerca de sus puntos de destino, luego de escalas donde las organizaciones instalaron subsidiarias. Centro América y las islas del Caribe fueron enclaves intermedios de dichas cadenas.
El grueso de la madeja estaba allá, arriba, en los Estados Unidos o en Europa. Allí vivían quienes recibían la mercancía, la guardaban, la repartían en cadenas piramidales de progresión geométrica de dos vías: va el psicotrópico desde la mata hasta las fosas nasales de blancos entregados al vicio, viene el todopoderoso, verde y corruptor billete de US $ 20, en tantas cantidades que llegaba al punto inverosímil de relato macondiano de no poder ser contado sino pesado, pudriendo a su paso tabiques y conciencias en una danza macabra que dura hasta hoy.
Si bien al principio los que usufructuaban de las ganancias de dicho tráfico no tenían una extracción socio-económica definida, todos adoptaban un estilo común, haciéndose notar por su extravagancia y desmesura. Emporios que llenaban al espectador de algo parecido a la admiración, o al asombro, o a la física envidia, se empezaron a notar en distintos puntos de nuestra geografía. Notable fue el caso de La Posada Alemana, entre Armenia y Pereira, un hostal de especificaciones únicas que volvió real, de carne y hueso, un estilo de vida que a la mayoría de nosotros nos estaba permitido ver exclusivamente en revistas. Rubias despampanantes y carreras de moto-cross, caravanas interminables y bendiciones obispales, ¿quién podía oponerse?
De ahí salió uno de los primeros entronques directos del tráfico de drogas con la política. A mediados de los años ochenta el Movimiento Latino Nacional de Carlos Lehder R. contó con más de 12000 votos, logrando varios escaños en el Consejo Municipal y dos en la Asamblea Departamental, venciendo a su oponente de entonces, la corriente de Luis Carlos Galán S., que apenas alcanzó 8000 votos. En Medellín, cuantiosísimas inversiones adoptaron la forma de obras sociales, barrios enteros e instalaciones deportivas fueron construidos con las enormes utilidades del lucrativo negocio. Apoyado en esa labor y haciendo parte de unas listas del Partido Liberal llegó al Congreso de la República el después archiconocido Pablo Escobar Gaviria, cabeza visible de una organización que generaciones enteras de nuestra quebradiza memoria calificarían como de horror y espanto. Mientras, en Cali, unos hermanos de mayor visión y sagacidad edificaban un emporio de empresas dedicadas al sector farmacéutico o alimenticio, expandiendo su prosperidad a todas las clases sociales, alterando para siempre una interpretación de la existencia que estaba apenas en formación.
Aquella liviandad y alegría de camisas floreadas, festejos interminables a ritmo de aditivos, gruesas cadenas de oro y Mercedes Benz del año, copia bizarra de Miami en El Poblado y El Laguito, en Cali y Barranquilla, orgía de ferias y cabalgatas, fiestas y carnavales, vallenatos con dedicatoria y salsa de Juanchito ¿oís?, no eran para siempre. En el 84 mataron a Lara Bonilla.
La ética delincuencial que no podía recurrir al juez, sino que “te doy esto, mírame a los ojos, me respondes, y si no, entonces, paila”, decidió otorgar el poder a la línea dura, a aquel que menos escrúpulos tuviera. No se dejaban de nadie. A todo se imponían, por las vías del halago millonario o de la amenaza cumplida. La última ola moral que ciertos hombres encarnaron, resultó perdedora y sacrificada en esa confrontación. Hubo una reacción general expresada en marchas multitudinarias durante los sepelios o en dolidos editoriales de prensa, pero los acontecimientos posteriores probaron que no eran más que actos de cartón piedra, falsos como una moneda de fórmica de treinta y siete centavos, ídolos con pies de mala arcilla, exclamaciones de dientes para afuera y alma de hetera.
Rodrigo Lara Bonilla, Carlos Mauro Hoyos, Enrique Low Murtra, Luis Carlos Galán Sarmiento, Guillermo Cano y otros, murieron dados de baja por los zarpazos fatales del engendro que se oponía a la figura de la extradición. Consolidados los carteles de Medellín y Cali se contaminó la economía del país. Numerosos e importantes sectores de la producción estaban penetrados por el virus. La construcción, las finanzas, el comercio, estaban como locos en una espiral delirante que no se sabía en qué ni cómo iban a parar. Se registró una inflación por encima del 20% anual durante lustros. La moral fue una dama asustadiza e inerme ante el poder erguido de la guacherna encharolada. Por supuesto, semejante desbordamiento se filtró hasta los niveles más altos de la política.
Después de una larga cadena de episodios de terror y vergüenza, de traiciones y persecuciones, de alianzas y pactos siniestros, de bombas y catedrales, de las que nadie quiere acordarse, explotó el proceso 8000.
Próxima y última entrega: El problema de la droga. III. Estado actual de las cosas.

5 Comentarios:
Adán:
Le respondo aquí porque no quiero invadir el espacio de otro para resolver un tema que se desvió un poco de la discusión original planteada por la columna de Gaviria. Le agredezco, primero que todo, el envío del documento, pero no sé si recibí el equivocado. Aunque no lo he escudriñado, lo pasé página por página y no encontré allí ninguna estadística de empleo. Se trata, en lo fundamental, de una presentación de la misión de pobreza en la que expone una serie de consideraciones metodológicas para explicar--me imagino-- las opciones disponibles y lo que finalmente se adoptará para medir la pobreza en Colombia. A lo mejor me equivoco, pero eso fue lo que vi superficialmente. En cualquier caso, y suponiendo que no hay mala fe de parte de los encargados de producir cifras en Colombia, tiendo a pensar que las imprecisiones que seguramente se encuentran en las estadísticas de empleo en la actualidad se derivan del rezago metodológico causado por los cambios tan radicales y veloces que se están produciendo en el mercado laboral.
Caramba, Doña Helena, me conmueve su fe. Tiene usted razón, el documento no habla sobre empleo,habla sobre la pobreza que son los resultados que hay para mostrar. Incluye, y se le reconoce, la anotación que afirma lo debatible que es la metodología empleada en su elaboración.
Ya quisiera estar yo equivocado y que todo se debiera a un rezago por la velocidad de los cambios.
Le ruego que me excuse la serie de errata. Siempre me pasa cuando escribo sin la debida corrección.
...erratas...
Listo. No hay problema. Gracias por responder. Helena
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