lunes, febrero 27, 2006
El problema de la droga. III
Estado actual de las cosas
Corría el año 94 del siglo pasado cuando algún medio periodístico informó de la existencia de unos casetes de audio con unas grabaciones donde unos personajes hablaban de la entrega de un dinero a la campaña presidencial que había resultado ganadora en las anteriores elecciones, la del Dr. Ernesto Samper Pizano, quien se enfrentó al Dr. Andrés Pastrana Arango, hijo del ex-presidente Misael Pastrana Borrero. Los llamados narco-casetes fueron el comienzo del decisivo proceso 8000, litigio que alcanzó a la máxima autoridad nacional, el presidente investido, al comprobarse que las voces correspondían a la del periodista Alberto Giraldo y a las de los capos del Cartel de Cali, los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela.
Adornado de una inmensidad de detalles más apropiados de la novela negra o de las sagas de Mario Puzo, el acontecimiento dejó a los más altos funcionarios del estado, el presidente y sus ministros más cercanos, el de Defensa, Fernando Botero Zea, hijo del conocido pintor; el de Interior, político en ejercicio y actual precandidato a la presidencia, Horacio Serpa Uribe; Santiago Medina, tesorero de la campaña; Manuel Francisco Becerra B. y su sucesor, David Turbay Turbay, Contralores Nacionales de la República de Colombia; oscuros personajes como Elizabeth Montoya de Sarria, “la Monita Retrechera”; una vasta proporción de los miembros del Congreso de la República y otras muchas personas influyentes de la época, fueron puestos en evidencia al salir a flote sus vínculos con el susodicho cartel, cuando se demostró que recibieron “dineros calientes”. Era la parte visible de una sociedad que desde sus cuadros superiores, hasta el ciudadano corriente, queriéndolo o no, vivía bajo esa influencia.
La justicia fue burlada. Pese a las evidencias, sólo fueron castigados unos cuantos de entre ellos. Los más notables fueron exonerados mediante triquiñuelas y subterfugios en un largo pleito que desgastó la estructura económica y la paciencia de la ciudadanía, que fue obligada a mirarse en un espejo y verse llena de oprobios, víctima de su propio invento, ruin y arruinada, vergonzosa y vergonzante, de repente convertida en paria, como quien se levanta foto-fóbico, amnésico, tembleque, la garganta hinchada y reseca, con la cabeza a punto de explotar, en medio de una resaca monumental de mezcla de menjurjes blancos y amarillos ingeridos en malas compañías, así se sintió el país.
La economía se hundió. Se presentaron crisis profundas en amplios campos de la producción, sobre todo en los más penetrados por los capitales ilícitos, salvo el sector financiero, que a pesar de tener gran parte de la responsabilidad, estaba sobre seguro con sus tradicionales márgenes de utilidad y blindado con la garantía de que los más altos intereses a escala global, no lo dejarían sucumbir. La banca se comprometió a mayores controles imponiendo algunos requisitos extras a partir de ciertos topes mínimos en sus movimientos. Nada más. Hubo éxodo de capitales. Luego, se incrementó la diáspora de nacionales que se diseminó por el mundo, llevando sus virtudes y defectos por los cinco continentes.
Pero el tráfico de drogas siguió. ¿A dónde se va la plata del narcotráfico? -me preguntaba un amigo avezado. No sabía qué responderle. Ahora ya sé. Se iba para la guerra. Sofisticados sistemas de comunicación; metros y metros de tela de camuflados; botas nuevas; banderas, banderines y banderolas tricolores; escudos; accesorios de cuero; boinas, cachuchas y gorros de diferentes modelos y diseños; armas, muchas armas con sus respectivas municiones, las más modernas y letales del mercado, las producidas por industrias florecientes del primer mundo, palitos chinos, fusiles, rockets, bazookas, tanto, que alcanzó hasta para desarrollar el talento propio: los fatales cilindros, prueba ruidosa y dañina del ingenio nacional. En eso se iban (y todavía, en gran parte, se van) los beneficios de la producción y el comercio de la coca. Y en la nómina de algo más de 40.000 empleos directos. También en ahorros protegidos por el sigilo bancario internacional.
Acabado el período de Samper que se concentró en no dejarse “sacar a sombrerazos” (“Aquí estoy y aquí me quedo…”), vivimos el cuatrienio de Pastrana, elegido en parte por la conciencia moral, por el sentimiento colectivo de culpa o por el físico rechazo a la opción que representaba Serpa. Fueron años que bascularon entre la fe de una solución posible a la guerra contra las FARC y la desilusión y la afrenta de verse por ellos burlados, engañados cual ingenuos infantes. El país se enteró de la existencia de una máquina de destrucción inclemente, de su ingente poderío, de una sólida estructura piramidal conformada por unos tipos caracterizados por el resentimiento y el cinismo. Supimos de sus pronunciadas barrigas y de sus amantes jovencitas, de su más absoluta carencia de piedad y clemencia, de su soberbia enorme y de la más grande desfachatez posible.
Final contra-reloj, avance significativo en el esquivo proceso de paz versus final del período. Perdedor: Colombia. El país se sintió ultrajado, herido en su amor propio por la mofa. Entonces nos volcamos hacia aquel que nos ofreció venganza. Mano dura. Nos representaba en nuestra ira. Como espuma subió Álvaro Uribe en las encuestas. Arrasó en primera vuelta. Dejamos en manos de un energúmeno el ajuste de cuentas. Ingenuos otra vez. Uribe llegó mal intencionado y peor rodeado. Ganamos un cruel gamonal para la gigante hacienda Colombia. De temible actitud mesiánica e ira que transfigura. Astuto. A sus enemigos los aunó a sus huestes, resultó implacable con los díscolos. Impuso gruesas ventajas para sus allegados a cambio de espejismos. Verdaderamente mañoso. Va a conseguir doblar período. Expidió patente de corso al paramilitarismo, la otra fuerza irregular. Si la guerrilla es un cáncer de lenta metástasis que no se cura pero tampoco mata, el fenómeno paramilitar es una rápida gangrena que ataca ambas extremidades.
Matones ensoberbecidos con las manos manchadas de sangre de miles de muertos. Ignorantes por completo del significado del escrúpulo. Parecen no tener conciencia, ni ética ni moral. Asesinos sin atenuantes posibles. Auténticos criminales de guerra sin justificación alguna. Más que delincuentes. Peores. Último eslabón en la cadena humana de la estulticia. Tanto o más que los del otro bando. Los discursos que intentan vanamente justificarlos, se vuelven contra quien los emite. Terribles ellos, sus turiferarios y sus instigadores.
Envueltos en esa situación nos encontramos. Fuerzas beligerantes poderosas. Una industria ilegal de altísima rentabilidad y enorme poder de corrupción. El interés público supeditado al interés grupal. Instituciones válidas exclusivamente en teoría. Una idiosincrasia cada vez más aferrada que considera legítimo cualquier método, hasta el más extremo, si contribuye a la supervivencia o favorece nuestros intereses. Males estructurales que nos definen como una nación sumida en el más craso subdesarrollo. Y, como si fuera poco, hechos que nos condenan a permanecer en él.
Lo demás son números. Millones de desplazados. Agudización de la brecha entre ricos y pobres. Acaparamiento de los medios de producción. Bajos (e imprecisos) índices de cobertura de servicios esenciales. En fin, no soy optimista. No tengo por qué ser optimista.
Corría el año 94 del siglo pasado cuando algún medio periodístico informó de la existencia de unos casetes de audio con unas grabaciones donde unos personajes hablaban de la entrega de un dinero a la campaña presidencial que había resultado ganadora en las anteriores elecciones, la del Dr. Ernesto Samper Pizano, quien se enfrentó al Dr. Andrés Pastrana Arango, hijo del ex-presidente Misael Pastrana Borrero. Los llamados narco-casetes fueron el comienzo del decisivo proceso 8000, litigio que alcanzó a la máxima autoridad nacional, el presidente investido, al comprobarse que las voces correspondían a la del periodista Alberto Giraldo y a las de los capos del Cartel de Cali, los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela.
Adornado de una inmensidad de detalles más apropiados de la novela negra o de las sagas de Mario Puzo, el acontecimiento dejó a los más altos funcionarios del estado, el presidente y sus ministros más cercanos, el de Defensa, Fernando Botero Zea, hijo del conocido pintor; el de Interior, político en ejercicio y actual precandidato a la presidencia, Horacio Serpa Uribe; Santiago Medina, tesorero de la campaña; Manuel Francisco Becerra B. y su sucesor, David Turbay Turbay, Contralores Nacionales de la República de Colombia; oscuros personajes como Elizabeth Montoya de Sarria, “la Monita Retrechera”; una vasta proporción de los miembros del Congreso de la República y otras muchas personas influyentes de la época, fueron puestos en evidencia al salir a flote sus vínculos con el susodicho cartel, cuando se demostró que recibieron “dineros calientes”. Era la parte visible de una sociedad que desde sus cuadros superiores, hasta el ciudadano corriente, queriéndolo o no, vivía bajo esa influencia.
La justicia fue burlada. Pese a las evidencias, sólo fueron castigados unos cuantos de entre ellos. Los más notables fueron exonerados mediante triquiñuelas y subterfugios en un largo pleito que desgastó la estructura económica y la paciencia de la ciudadanía, que fue obligada a mirarse en un espejo y verse llena de oprobios, víctima de su propio invento, ruin y arruinada, vergonzosa y vergonzante, de repente convertida en paria, como quien se levanta foto-fóbico, amnésico, tembleque, la garganta hinchada y reseca, con la cabeza a punto de explotar, en medio de una resaca monumental de mezcla de menjurjes blancos y amarillos ingeridos en malas compañías, así se sintió el país.
La economía se hundió. Se presentaron crisis profundas en amplios campos de la producción, sobre todo en los más penetrados por los capitales ilícitos, salvo el sector financiero, que a pesar de tener gran parte de la responsabilidad, estaba sobre seguro con sus tradicionales márgenes de utilidad y blindado con la garantía de que los más altos intereses a escala global, no lo dejarían sucumbir. La banca se comprometió a mayores controles imponiendo algunos requisitos extras a partir de ciertos topes mínimos en sus movimientos. Nada más. Hubo éxodo de capitales. Luego, se incrementó la diáspora de nacionales que se diseminó por el mundo, llevando sus virtudes y defectos por los cinco continentes.
Pero el tráfico de drogas siguió. ¿A dónde se va la plata del narcotráfico? -me preguntaba un amigo avezado. No sabía qué responderle. Ahora ya sé. Se iba para la guerra. Sofisticados sistemas de comunicación; metros y metros de tela de camuflados; botas nuevas; banderas, banderines y banderolas tricolores; escudos; accesorios de cuero; boinas, cachuchas y gorros de diferentes modelos y diseños; armas, muchas armas con sus respectivas municiones, las más modernas y letales del mercado, las producidas por industrias florecientes del primer mundo, palitos chinos, fusiles, rockets, bazookas, tanto, que alcanzó hasta para desarrollar el talento propio: los fatales cilindros, prueba ruidosa y dañina del ingenio nacional. En eso se iban (y todavía, en gran parte, se van) los beneficios de la producción y el comercio de la coca. Y en la nómina de algo más de 40.000 empleos directos. También en ahorros protegidos por el sigilo bancario internacional.
Acabado el período de Samper que se concentró en no dejarse “sacar a sombrerazos” (“Aquí estoy y aquí me quedo…”), vivimos el cuatrienio de Pastrana, elegido en parte por la conciencia moral, por el sentimiento colectivo de culpa o por el físico rechazo a la opción que representaba Serpa. Fueron años que bascularon entre la fe de una solución posible a la guerra contra las FARC y la desilusión y la afrenta de verse por ellos burlados, engañados cual ingenuos infantes. El país se enteró de la existencia de una máquina de destrucción inclemente, de su ingente poderío, de una sólida estructura piramidal conformada por unos tipos caracterizados por el resentimiento y el cinismo. Supimos de sus pronunciadas barrigas y de sus amantes jovencitas, de su más absoluta carencia de piedad y clemencia, de su soberbia enorme y de la más grande desfachatez posible.
Final contra-reloj, avance significativo en el esquivo proceso de paz versus final del período. Perdedor: Colombia. El país se sintió ultrajado, herido en su amor propio por la mofa. Entonces nos volcamos hacia aquel que nos ofreció venganza. Mano dura. Nos representaba en nuestra ira. Como espuma subió Álvaro Uribe en las encuestas. Arrasó en primera vuelta. Dejamos en manos de un energúmeno el ajuste de cuentas. Ingenuos otra vez. Uribe llegó mal intencionado y peor rodeado. Ganamos un cruel gamonal para la gigante hacienda Colombia. De temible actitud mesiánica e ira que transfigura. Astuto. A sus enemigos los aunó a sus huestes, resultó implacable con los díscolos. Impuso gruesas ventajas para sus allegados a cambio de espejismos. Verdaderamente mañoso. Va a conseguir doblar período. Expidió patente de corso al paramilitarismo, la otra fuerza irregular. Si la guerrilla es un cáncer de lenta metástasis que no se cura pero tampoco mata, el fenómeno paramilitar es una rápida gangrena que ataca ambas extremidades.
Matones ensoberbecidos con las manos manchadas de sangre de miles de muertos. Ignorantes por completo del significado del escrúpulo. Parecen no tener conciencia, ni ética ni moral. Asesinos sin atenuantes posibles. Auténticos criminales de guerra sin justificación alguna. Más que delincuentes. Peores. Último eslabón en la cadena humana de la estulticia. Tanto o más que los del otro bando. Los discursos que intentan vanamente justificarlos, se vuelven contra quien los emite. Terribles ellos, sus turiferarios y sus instigadores.
Envueltos en esa situación nos encontramos. Fuerzas beligerantes poderosas. Una industria ilegal de altísima rentabilidad y enorme poder de corrupción. El interés público supeditado al interés grupal. Instituciones válidas exclusivamente en teoría. Una idiosincrasia cada vez más aferrada que considera legítimo cualquier método, hasta el más extremo, si contribuye a la supervivencia o favorece nuestros intereses. Males estructurales que nos definen como una nación sumida en el más craso subdesarrollo. Y, como si fuera poco, hechos que nos condenan a permanecer en él.
Lo demás son números. Millones de desplazados. Agudización de la brecha entre ricos y pobres. Acaparamiento de los medios de producción. Bajos (e imprecisos) índices de cobertura de servicios esenciales. En fin, no soy optimista. No tengo por qué ser optimista.
domingo, febrero 12, 2006
El problema de la droga. II
Los carteles
Al aumentar el volumen del negocio en términos de ventas y beneficios, paralelamente se fue dando la especialización. Hubo quienes sembraban las matas, ya no tan lejos sino en el territorio nacional, donde también -como en los países del Sur- la coca está en la raíz de lo ancestral. Los cocineros aprendieron a refinar mayores cantidades, como hongos empezaron a retoñar laboratorios o “cocinas” con cientos de hornos simultáneos y plantas eléctricas propias en medio de las selvas, vorágines modernas. Transportistas eficientes eran capaces de llevar lo producido hasta pistas aéreas clandestinas o hasta bahías donde fondeaban lanchas rápidas, que al mando de intrépidos pilotos venidos en gran parte ya fuera de la fumigación aérea o de la ya acabada guerra de Vietnam, o por lobos de mar con experiencia en la pesca de arrastre, para que por aire o por mar entregaran la sustancia cerca de sus puntos de destino, luego de escalas donde las organizaciones instalaron subsidiarias. Centro América y las islas del Caribe fueron enclaves intermedios de dichas cadenas.
El grueso de la madeja estaba allá, arriba, en los Estados Unidos o en Europa. Allí vivían quienes recibían la mercancía, la guardaban, la repartían en cadenas piramidales de progresión geométrica de dos vías: va el psicotrópico desde la mata hasta las fosas nasales de blancos entregados al vicio, viene el todopoderoso, verde y corruptor billete de US $ 20, en tantas cantidades que llegaba al punto inverosímil de relato macondiano de no poder ser contado sino pesado, pudriendo a su paso tabiques y conciencias en una danza macabra que dura hasta hoy.
Si bien al principio los que usufructuaban de las ganancias de dicho tráfico no tenían una extracción socio-económica definida, todos adoptaban un estilo común, haciéndose notar por su extravagancia y desmesura. Emporios que llenaban al espectador de algo parecido a la admiración, o al asombro, o a la física envidia, se empezaron a notar en distintos puntos de nuestra geografía. Notable fue el caso de La Posada Alemana, entre Armenia y Pereira, un hostal de especificaciones únicas que volvió real, de carne y hueso, un estilo de vida que a la mayoría de nosotros nos estaba permitido ver exclusivamente en revistas. Rubias despampanantes y carreras de moto-cross, caravanas interminables y bendiciones obispales, ¿quién podía oponerse?
De ahí salió uno de los primeros entronques directos del tráfico de drogas con la política. A mediados de los años ochenta el Movimiento Latino Nacional de Carlos Lehder R. contó con más de 12000 votos, logrando varios escaños en el Consejo Municipal y dos en la Asamblea Departamental, venciendo a su oponente de entonces, la corriente de Luis Carlos Galán S., que apenas alcanzó 8000 votos. En Medellín, cuantiosísimas inversiones adoptaron la forma de obras sociales, barrios enteros e instalaciones deportivas fueron construidos con las enormes utilidades del lucrativo negocio. Apoyado en esa labor y haciendo parte de unas listas del Partido Liberal llegó al Congreso de la República el después archiconocido Pablo Escobar Gaviria, cabeza visible de una organización que generaciones enteras de nuestra quebradiza memoria calificarían como de horror y espanto. Mientras, en Cali, unos hermanos de mayor visión y sagacidad edificaban un emporio de empresas dedicadas al sector farmacéutico o alimenticio, expandiendo su prosperidad a todas las clases sociales, alterando para siempre una interpretación de la existencia que estaba apenas en formación.
Aquella liviandad y alegría de camisas floreadas, festejos interminables a ritmo de aditivos, gruesas cadenas de oro y Mercedes Benz del año, copia bizarra de Miami en El Poblado y El Laguito, en Cali y Barranquilla, orgía de ferias y cabalgatas, fiestas y carnavales, vallenatos con dedicatoria y salsa de Juanchito ¿oís?, no eran para siempre. En el 84 mataron a Lara Bonilla.
La ética delincuencial que no podía recurrir al juez, sino que “te doy esto, mírame a los ojos, me respondes, y si no, entonces, paila”, decidió otorgar el poder a la línea dura, a aquel que menos escrúpulos tuviera. No se dejaban de nadie. A todo se imponían, por las vías del halago millonario o de la amenaza cumplida. La última ola moral que ciertos hombres encarnaron, resultó perdedora y sacrificada en esa confrontación. Hubo una reacción general expresada en marchas multitudinarias durante los sepelios o en dolidos editoriales de prensa, pero los acontecimientos posteriores probaron que no eran más que actos de cartón piedra, falsos como una moneda de fórmica de treinta y siete centavos, ídolos con pies de mala arcilla, exclamaciones de dientes para afuera y alma de hetera.
Rodrigo Lara Bonilla, Carlos Mauro Hoyos, Enrique Low Murtra, Luis Carlos Galán Sarmiento, Guillermo Cano y otros, murieron dados de baja por los zarpazos fatales del engendro que se oponía a la figura de la extradición. Consolidados los carteles de Medellín y Cali se contaminó la economía del país. Numerosos e importantes sectores de la producción estaban penetrados por el virus. La construcción, las finanzas, el comercio, estaban como locos en una espiral delirante que no se sabía en qué ni cómo iban a parar. Se registró una inflación por encima del 20% anual durante lustros. La moral fue una dama asustadiza e inerme ante el poder erguido de la guacherna encharolada. Por supuesto, semejante desbordamiento se filtró hasta los niveles más altos de la política.
Después de una larga cadena de episodios de terror y vergüenza, de traiciones y persecuciones, de alianzas y pactos siniestros, de bombas y catedrales, de las que nadie quiere acordarse, explotó el proceso 8000.
Próxima y última entrega: El problema de la droga. III. Estado actual de las cosas.
Al aumentar el volumen del negocio en términos de ventas y beneficios, paralelamente se fue dando la especialización. Hubo quienes sembraban las matas, ya no tan lejos sino en el territorio nacional, donde también -como en los países del Sur- la coca está en la raíz de lo ancestral. Los cocineros aprendieron a refinar mayores cantidades, como hongos empezaron a retoñar laboratorios o “cocinas” con cientos de hornos simultáneos y plantas eléctricas propias en medio de las selvas, vorágines modernas. Transportistas eficientes eran capaces de llevar lo producido hasta pistas aéreas clandestinas o hasta bahías donde fondeaban lanchas rápidas, que al mando de intrépidos pilotos venidos en gran parte ya fuera de la fumigación aérea o de la ya acabada guerra de Vietnam, o por lobos de mar con experiencia en la pesca de arrastre, para que por aire o por mar entregaran la sustancia cerca de sus puntos de destino, luego de escalas donde las organizaciones instalaron subsidiarias. Centro América y las islas del Caribe fueron enclaves intermedios de dichas cadenas.
El grueso de la madeja estaba allá, arriba, en los Estados Unidos o en Europa. Allí vivían quienes recibían la mercancía, la guardaban, la repartían en cadenas piramidales de progresión geométrica de dos vías: va el psicotrópico desde la mata hasta las fosas nasales de blancos entregados al vicio, viene el todopoderoso, verde y corruptor billete de US $ 20, en tantas cantidades que llegaba al punto inverosímil de relato macondiano de no poder ser contado sino pesado, pudriendo a su paso tabiques y conciencias en una danza macabra que dura hasta hoy.
Si bien al principio los que usufructuaban de las ganancias de dicho tráfico no tenían una extracción socio-económica definida, todos adoptaban un estilo común, haciéndose notar por su extravagancia y desmesura. Emporios que llenaban al espectador de algo parecido a la admiración, o al asombro, o a la física envidia, se empezaron a notar en distintos puntos de nuestra geografía. Notable fue el caso de La Posada Alemana, entre Armenia y Pereira, un hostal de especificaciones únicas que volvió real, de carne y hueso, un estilo de vida que a la mayoría de nosotros nos estaba permitido ver exclusivamente en revistas. Rubias despampanantes y carreras de moto-cross, caravanas interminables y bendiciones obispales, ¿quién podía oponerse?
De ahí salió uno de los primeros entronques directos del tráfico de drogas con la política. A mediados de los años ochenta el Movimiento Latino Nacional de Carlos Lehder R. contó con más de 12000 votos, logrando varios escaños en el Consejo Municipal y dos en la Asamblea Departamental, venciendo a su oponente de entonces, la corriente de Luis Carlos Galán S., que apenas alcanzó 8000 votos. En Medellín, cuantiosísimas inversiones adoptaron la forma de obras sociales, barrios enteros e instalaciones deportivas fueron construidos con las enormes utilidades del lucrativo negocio. Apoyado en esa labor y haciendo parte de unas listas del Partido Liberal llegó al Congreso de la República el después archiconocido Pablo Escobar Gaviria, cabeza visible de una organización que generaciones enteras de nuestra quebradiza memoria calificarían como de horror y espanto. Mientras, en Cali, unos hermanos de mayor visión y sagacidad edificaban un emporio de empresas dedicadas al sector farmacéutico o alimenticio, expandiendo su prosperidad a todas las clases sociales, alterando para siempre una interpretación de la existencia que estaba apenas en formación.
Aquella liviandad y alegría de camisas floreadas, festejos interminables a ritmo de aditivos, gruesas cadenas de oro y Mercedes Benz del año, copia bizarra de Miami en El Poblado y El Laguito, en Cali y Barranquilla, orgía de ferias y cabalgatas, fiestas y carnavales, vallenatos con dedicatoria y salsa de Juanchito ¿oís?, no eran para siempre. En el 84 mataron a Lara Bonilla.
La ética delincuencial que no podía recurrir al juez, sino que “te doy esto, mírame a los ojos, me respondes, y si no, entonces, paila”, decidió otorgar el poder a la línea dura, a aquel que menos escrúpulos tuviera. No se dejaban de nadie. A todo se imponían, por las vías del halago millonario o de la amenaza cumplida. La última ola moral que ciertos hombres encarnaron, resultó perdedora y sacrificada en esa confrontación. Hubo una reacción general expresada en marchas multitudinarias durante los sepelios o en dolidos editoriales de prensa, pero los acontecimientos posteriores probaron que no eran más que actos de cartón piedra, falsos como una moneda de fórmica de treinta y siete centavos, ídolos con pies de mala arcilla, exclamaciones de dientes para afuera y alma de hetera.
Rodrigo Lara Bonilla, Carlos Mauro Hoyos, Enrique Low Murtra, Luis Carlos Galán Sarmiento, Guillermo Cano y otros, murieron dados de baja por los zarpazos fatales del engendro que se oponía a la figura de la extradición. Consolidados los carteles de Medellín y Cali se contaminó la economía del país. Numerosos e importantes sectores de la producción estaban penetrados por el virus. La construcción, las finanzas, el comercio, estaban como locos en una espiral delirante que no se sabía en qué ni cómo iban a parar. Se registró una inflación por encima del 20% anual durante lustros. La moral fue una dama asustadiza e inerme ante el poder erguido de la guacherna encharolada. Por supuesto, semejante desbordamiento se filtró hasta los niveles más altos de la política.
Después de una larga cadena de episodios de terror y vergüenza, de traiciones y persecuciones, de alianzas y pactos siniestros, de bombas y catedrales, de las que nadie quiere acordarse, explotó el proceso 8000.
Próxima y última entrega: El problema de la droga. III. Estado actual de las cosas.


