miércoles, noviembre 08, 2006

Utopía caducada

Nunca, obedeciendo quizás a una fuerte tendencia al escepticismo, durante los gobiernos de Álvaro Uribe, me he hecho ilusiones acerca de una mejoría sustancial de la situación de Colombia, en su conjunto.

Pero no siempre fue así. Cuando empezó su administración Andrés Pastrana, y en aquel principio del año de gracia de 1999 cuando ocurrió el evento de la silla vacía, durante los minutos que precedieron al comienzo de la reunión, sentí que un acto histórico, trascendente, que tendría que ver con el destino de la generación actual y de todas las que habrían de venir después, estaba por ocurrir.

Me imaginaba un proceso donde llegaríamos a través del diálogo y del sano debate, a diagnosticar los elementos estructurales que nos impiden despegar como nación encaminada a un desarrollo equitativo. Suponía que las voluntades de los distintos estratos, poderes, gremios, sectores, fuerzas del país se aunarían para juntos, cada uno desde lo suyo, coordinada y ejemplarmente, al punto de involucrar el concierto de los intereses internacionales, construir la sociedad que queremos.

Esperaba que las Farc depusieran las armas, que devolvieran todos y cada uno de los secuestrados que estaban en su poder, y que desbarataran su máquina de guerra. Sus ejércitos pasarían a ser en ese momento brigadas de campesinos o trabajadores sociales, construyendo planificadamente la tarea del bien común.

Soñé que a su vez, el poder legalmente constituido, encabezaría las reformas que, a mi juicio, resultaban inaplazables para hacer despegar la economía y la justicia social: la reforma agraria, en primer lugar. Esas inmensas extensiones de tierra fértil que aun hoy son inaccesibles, serían asignadas entre quienes ancestralmente han tenido la vocación de explotarla. Paralelamente serían creados estratégicos centros urbanos con toda la infraestructura necesaria de servicios, que serían construidos por las masas de desocupados aspirantes a puesto que engordaban las estadísticas de ese momento. Los solos proyectos de ferrocarriles que comunicarían tales centros urbanos ocuparían miles de manos que pese a su capacidad de trabajo todavía hoy esperan inactivas o se conforman con la informalidad.

Un inmenso plan de educación que empezara por acabar el analfabetismo sería puesto en marcha. Los niños aprenderían simultáneamente a las disciplinas estrictamente académicas, asuntos de la civilidad que para otros pueden resultar elementales: los derechos humanos, no asimilados como románticas parábolas sino como imperiosas necesidades de la convivencia. También aprenderían las nociones ecológicas. Basándonos en un conteo límpido y fiable, preciso y de cierta periodicidad, cuando ya nadie tuviera que esconderse, nuestros estrategas definirían cuáles y en qué cantidades serían las formaciones técnicas indispensables para competir sin desventajas en los mercados internacionales, calculadas a 10, 20, 50 y 100 años.

El compromiso de la comunidad internacional sería absolutamente indispensable. Sería un proyecto piloto en la historia y en el mundo. La droga se legalizaría. Los países industrializados, grandes consumidores, se comprometerían a adelantar censos exactos de usuarios, a ofrecer asistencia terapéutica médico-psicológica a estos, y a distribuir entre ellos las dosis prescritas en cada caso según el grado de adicción, paralelamente al adelantamiento de vastas campañas educacionales que informarían de los riesgos inherentes al uso y al abuso de las sustancias psicotrópicas.

La integración regional se convertiría en algo casi automático. A la par que el grupo de las ocho naciones más poderosas del planeta se vincularan, lo haría también la Unión Europea en su calidad de región, y por supuesto, el rol de los Estados Unidos continuaría siendo primordial. Conseguiríamos, en aras de la justicia, estabilidad arancelaria programada por sector, según las necesidades de consumo de los grandes mercados, después de desmontar en gran parte el régimen de subsidios. Los precios del banano serían asignados por cuotas a sus productores de Centro y Sudamérica. Igual con los del café. Y las frutas. Y las flores. La producción de cereales, leguminosas y otros vegetales necesarios para la alimentación balanceada sería proyectada de antemano. La tecnología que genera valor agregado a la agroindustria sería estimulada. Se preverían excedentes para que mediante trueques favorables a las partes, ayudáramos a aliviar las carencias de las regiones que sufren en mayor medida las inequidades de la riqueza, como pasa con los países del África ecuatorial. La ganadería sólo sería extensiva para el engorde. La industria de los lácteos se haría bajo formas de explotación intensiva, cercanas a los centros urbanos. Se prevería desde ya el desarrollo de renglones como el maderero, partiendo de una intensa reforestación. Se tomaría en cuenta la opinión de los expertos para estimular filones como el del caucho, o los que proporcionaran insumos para la producción de combustibles alternativos, o los que hubiera menester. Se convertiría a ciertas regiones -como la de la Guajira- en laboratorios experimentales para la implementación de fuentes alternativas de energías como la eólica o la solar. La extracción de minerales estaría sujeta a regímenes similares, deteniéndose especialmente en el impacto que la correspondiente actividad ejerciera a largo plazo sobre la naturaleza.

Las fuentes de financiación para tan altas intenciones serían múltiples. Nacionales e internacionales. En primer término, las sumas que se invierten en los planes de lucha contra el narcotráfico se dirigirían en su totalidad a estos destinos. También se podría prescindir de las fuerzas armadas como tales. El ejército se haría casi innecesario. Una fuerza de policía de inspiración civilista alcanzaría para mantener el orden. No habría expropiaciones. Se pactaría con las organizaciones que se han lucrado con el narcotráfico, una amnistía que les permitiera conservar todos sus bienes productivos. Sus empresas de bienes y servicios, bienes muebles e inmuebles, continuarían siendo de su propiedad, a cambio, eso sí, de entregar al estado todo el capital líquido con el que contaran. Saldo en bancos, papeles, efectivo y demás. Se establecerían asesorías que garantizaran la supervivencia de sus negocios con balances sanos.

La banca multilateral se encargaría de una porción sustancial de la financiación de tal experimento. Créditos muelles con amplios períodos de gracia serían otorgados. Sería como un Plan Marshal concebido bajo la idea de aumentar el tamaño y el vigor de los mercados engrandeciendo el número de consumidores. Por supuesto, todo esto supondría la existencia de un ente parecido a las Naciones Unidas, pero potenciado, donde el criterio de lo justo primara y donde no tendrían cabida los actos unilaterales de gobiernos de vaqueros alevosos.

Ese fue, en esencia, el sueño que tuve cuando la ilusión de los diálogos de paz que adelantó el Presidente Pastrana.

Evidentemente, todo se fue al traste con el comportamiento de las Farc que demostraron, sin ninguna duda, su desinterés en integrarse a la sociedad civil. No probaron, como dicen algunos analistas, que ambicionan "el poder", sino que, según mi parecer, están supremamente satisfechos con la porción que de éste detentan. Y es entendible, ya que, como están las cosas, sus cuotas de poder son enormes. Sus cuadros dirigentes son cuasi todopoderosos en sus dominios. Concentran para sí en sus áreas de influencia, las potestades de las tres ramas: legislan, juzgan y ejecutan. Emperadores mestizos, sacerdotes de rituales sangrientos, oficiantes de la liturgia de la guerra. Ricos, engordan pacientemente sus vicios. Beben sin cuenta las mieles que con minucia razas rubias industriosas extraen de los cereales cultivados en las estepas de Finlandia, Rusia o Escocia. Entre las doncellas escogen las mejores. ¿A cuenta de qué cambiar sino fuera para mejorar?

Por tales razones aseguro que mientras el problema del narcotráfico siga nutriendo los aparatos de guerra, los aparatos de guerra sigan alimentándose de los resentidos o de los desocupados, los resentidos continúen cosechando razones para su ira y hojas de coca para las alegrías de vértigo de los decadentes del norte, en esa espiral demencial, pocas posibilidades habrá de reintegrar a los subversivos a la vida civil. Y por las malas, está por verse.